ConstelacionesCuento finalista en el Concurso Literario de los Mayordomos de la Purísima, de Yecla, (Murcia)

No hay cielo como tu cielo ni estrellas como estas estrellas. Pero, ¿quién lo nota? Ya casi nadie levanta la mirada al firmamento. Es como si, de pronto, nos hubiésemos vuelto tullidos, corcovados, incapaces de ver más allá de nuestros propios ombligos o el cercano espacio donde pondremos un pie detrás del otro para avanzar paso a paso o, tal vez, a la carrera.

Sí. Hoy vamos muy deprisa, aunque sin saber a dónde. Un buen día se perdió la ética y por el mismo postigo se nos fue la estética. Se nos escapó o la dejamos marchar...
Ese postigo hace tiempo que fue sustituido por una puerta moderna. Ya sin aldaba historiada con la que golpear para sentir el eco recorriendo las estancias que ahora están vacías.

Aún no sé por qué lloro mientras mi mano pulsa el botón de un portero automático: si por el postigo, por la aldaba, por la ética que desapareció o por la estética que he querido recuperar volviendo a mis raíces.

Después de todo, esas lágrimas simbólicas que no mojan nada más que las mejillas del alma, quizá sean por la infancia que se me fue de entre los dedos de la mano como arena de la playa, como el agua del aljibe encalado que había en el corral de mi abuela y que, en las eternas tardes de verano, a pleno sol, cuando me negaba a echar una siesta, disfrutaba subiendo con el pozal, tirando de la soga mientras soñaba con los fabulosos tesoros que, sin duda, habría abajo, cubiertos por el agua de lluvia.

Alguna vez, si conseguía que el pozal llegase hasta el fondo, quizás lo subiese lleno de piedras preciosas, monedas de oro y sueños imposibles, aunque jamás lo son cuando aún hay que subirse a una silla para sacar agua de la cisterna...

Me he hecho vieja. Un día leí que se es viejo cuando, en lugar de soñar con el futuro, rememoras el pasado con nostalgia.

Yo no veo mi pueblo con las calles llenas de modernos y carísimos coches aparcados o circulando, empequeñeciéndolas. Edificios de muchos pisos, lujosos comercios cuyos neones iluminan el entorno al anochecer y señales de tráfico en cada esquina.

V eo tus amplias calles sombreadas por frondosos árboles, casas de una, dos o tres alturas con grandes portalones protegiendo la calidez o el frescor del interior, y manteniendo en el recinto el olor a pan recién hecho, a sequillos escarchados, a sarmientos ardientes consumiéndose en la chimenea del hogar mientras, sobre la trébede, cuece el puchero donde bailan alegremente las pelotas del relleno.

Veo mi casa, a mi gente de entonces, mientras esas lágrimas metafóricas siguen bajando por las mejillas de mi alma.

Ya ni mis sobrinos saben de qué hablo. A ellos nadie les mandará lavarse las gobanillas o les castigará sin subir a la alguzaera. Ni siquiera han oído hablar del Paseico el Gato y sus bancales... Ellos calientan su café con leche en el microondas a la vez que piensan tomar el coche para reunirse con su pandilla en el Jardín ¡por Dios, pero si está a dos pasos!, o mover un poco el esqueleto en «La Mani», mientras tomas unos pelotazos.

Están en Liverpool con una beca Erasmus, en Murcia en la Universidad, o en Cartagena, o en Granada...

Yo estoy aquí. Y ahora sé que no he venido a recuperar mis raíces comiendo longanizas con quesico frito y tomate, o gachasmigas. He venido en busca de mi infancia «que un día se perdió por esos campos que hoy sólo son asfaltos y gravilla, murallas de hormigón, colmenas de mis almas, pesadillas que algún buen arquitecto imaginara sobre un negro papel , cualquier vigilia... Tanto y tanto corrí, con tanta prisa, una tarde de otoño por la vereda curva de la vida».

Pero aún tengo que aceptar, o mejor asumir, «que el lugar no devuelve lo que el tiempo robó», que la civilización, el progreso, consiste en dejar la arqueología para las aulas, en no tener que abrir la puerta de casa con la enorme llave hecha de hierro, a martillazos, en la fragua. En subir al piso en ascensor, abrir el gas para poner la tetera con agua...

Que es necesario venir al Castillo, al anochecer, si se quiere seguir viendo este cielo y sus estrellas que no son como el cielo o las estrellas de ningún otro lugar. Eso, al menos, no ha cambiado.

No ha transcurrido tanto tiempo como para que las constelaciones no sean las mismas que veía cuando, siendo una ñaca, la tía me tenía que hacer las coletas, con infinita paciencia, y me daba de merendar pan y companaje para, finalmente, dar alas a mi incipiente libertad dejándome la portada abierta y que fuese a explorar mundo y terminara perdiéndome por las calles «todas iguales para mí: rectas, largas, anchísimas, ¿por qué todo es tan grande en la infancia?, o los callejones, rumbo a las cuevas del Castillo a seguir imaginando tesoros ocultos, ahora enterrados.

Zafas llenas de gemas, monedas abandonadas por los moros y sueños imposibles, aunque jamás lo serán mientras la tía tenga que seguir trenzándote el pelo...

También tu magia continúa intocable. Ningún avance de la humanidad conseguirá arrancártela. Si me descalzo aquí arriba, mientras intento buscar constelaciones, sigo notando, con la misma intensidad, cómo la energía telúrica me envuelve y sube por mis pies, recorriéndome el cuerpo...

Me devuelves el firmamento y, abajo, en la distancia, las luces que conforman el pueblo de mi infancia. Junto a ella, me devuelves mis tesoros, enterrados o sumergidos. Y también mis sueños, las ilusiones que, mientras pueda estar aquí, nunca, nunca volverán a ser imposibles.

Es como si la hubiera encontrado por fin «llorando, temerosa, entristecida, mi pobre infancia en lo que fueron campos y hoy sólo son asfaltos y gravilla. Colmenas de mis almas... pesadillas». Sólo que ya no llora, ni tiene miedo ni está triste. Porque tu cielo, tus estrellas, tus luces desde el Castillo, también me devuelven a la que un día fui. A la que seguiré siendo hasta que yo misma sea una estrella más en tu firmamento.

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